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Leyenda árabe
Cuenta una leyenda que cuando Hakîm y Karîm, dos buenos amigos que viajaban juntos por el desierto comenzaron de repente a discutir, el primero, ofendido, se detuvo y escribió en la arena:
—Hoy, mi mejor amigo me ha dado una bofetada en el rostro.
Continuaron luego viaje hasta llegar a un oasis donde decidieron darse un baño en las frescas aguas del manantial. Hakîm perdió pie y, a punto de ahogarse, fue salvado por su amigo. Nada más recuperarse, tomó un estilete y escribió sobre una piedra.
—Hoy, mi mejor amigo me ha salvado la vida.
Intrigado, Karîm preguntó:
—Cuando te sentiste ofendido, escribiste en la arena. ¿Por qué ahora escribes sobre una piedra?
Y sonriéndole, Hakîm respondió:
—Cuando nos sentimos ofendidos por un buen amigo, debemos escribir lo ocurrido en la arena para que el viento del olvido y el perdón se encargue de borrar la ofensa. Cuando, por el contrario, un amigo hace por nosotros algo grande, debemos grabarlo en una piedra, la memoria del corazón, donde ningún viento pueda borrarlo jamás.
Algún dios aburrido de sí mismo se ha encaprichado nuevamente:
un joven muchacho ha reclamado para sí, y lo ha arrastrado a su lado.
Malditos dioses caprichosos que no saben estarse callados ni permanecer con los ojos cerrados, hieráticos, inaccesibles, tan lejanos,
avarientos, desgraciados,
que consideran la generosidad algo exclusivo de las madres,
privilegio o maldición, entandarte bordado en su alma con relucientes hilos de sangre,
herida tamizada por el llanto, ira, furia y rabia a la fuerza domeñada,
cuidando de no enfurecer a ese dios honorable, de designios implacables,
ídolo de piedra que adoramos, que se quiebra tan pronto lo olvidamos.
¿Dónde se esconde el dios de las cosas buenas,
el de las bellas palabras,
a quien confiábamos los ingenuos secretos en nuestra infancia?
¿Dónde se oculta el dios que debe guardarnos,
sin peligros, sin amenazas, dentro de sí, como un hogar, una casa,
a salvo de alegrías y de penas, de frustraciones y esperanzas,
ese ser que nos dicen debemos amar y honrar y adorar
sin nunca mostrarnos el alcance del compromiso al que así nos atan?
A quien dios no da hijos el diablo le da sobrinos. Así reza el refrán como nosotros rezamos al confesar alguna vez nuestras faltas.
Oh, ya conozco esa diabólica maldad del dar para luego arrebatar.
Esa diabólica noción de un dios que de cuando en cuando exige un pago,
un tributo, un sacrificio con el que lavar nuestros supuestos pecados.
Los hijos arrastran los pecados de los padres y difuminan la línea tenue que divide a dioses y diablos.
¿Quién nos ha hecho realmente daño:
el diablo que nos dio un sobrino o el dios que nos lo arrebata?
Nada quiero saber de dioses inmisericordes,
ídolos a quienes la pasión delata un corazón pétreo
que derrama lágrimas falsas,
una mano para otorgar bonanza, la otra araña y mata.
Prefiero mil veces pensar que la Muerte,
esa Muerte enamorada,
en lucha con la Vida desatenta, le ha ganado nuevamente la batalla.
José-Antonio
In Memoriam
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Estatua en el cementerio "La Recoleta"A veces tiene que ocurrir algo realmente terrible para que uno se lance fuera de sí y emprenda un viaje que no sabe a dónde lo llevará ni qué consecuencias le acarreará. Pero lo que ha ocurrido no le permite permanecer parado, ha de moverse, salir de sí, partir… aunque sea para gritar, llorar y gemir. Casi siempre preferimos que las lágrimas verdaderas, las sinceras, las que no podemos reprimir sean privadas, de nuestros ojos para nuestras almas, de nuestra mente para nuestro corazón. Pero ocurre que cuando uno es alcanzado por un maldito rayo que lo atraviesa de parte a parte no le importa si otros le ven cuando llora o cuando simula reir. Es él y su dolor, están a solas los dos, dialogando, negociando acaso una solución, un plazo a cuyo término el ánimo se haya templado y la herida del recuerdo sea soportable o llevadera. De cualquier modo, el viaje emprendido será largo, no exento de dificultades, tortuoso…
El viaje son los viajeros, escribió Fernando Pessoa. Yo no sé si soy o no una buena compañera de viaje, quizá no lo sea por cuanto tiendo a la ensimismación, a la contemplación solitaria de lo que me admira, de lo que me llama y atrapa. Pero creo que he conseguido mirar al menos en la misma dirección de otros muchos viajeros con los que he coincidido a lo largo de estos meses. Cómo no hacerlo cuando quienes hablan son Borges o Benedetti…
He iniciado este viaje hace exactamente hoy un año con la perspectiva de viajar a ninguna parte, con la certidumbre de que en un momento determinado miraría hacia atrás y decidiría llegado el momento de borrar mis huellas y echar la llave o romper o quemar las páginas de este Libro de los Viajeros, abierto miles de veces por caminantes anónimos y unos pocos conocidos que, todos, forman parte ya de mi camino, que ciertamente han ayudado a hacer menos fatigoso y más seguro.
De todas las personas a las que he conocido a lo largo de estos meses, hay algunas a las que puedo ponerles rostro y voz, aunque a ninguna conozca personalmente. Hay algunas cuya voz me llega a través de sus palabras escritas… es un eco agradable que ha resonado y todavía resuena especialmente pasada ya la medianoche, a altas horas de la madrugada, cuando el mundo parece dormir. Con frecuencia nos hemos encontrado en pasillos y corredores de esta ancha red y nos hemos saludado, o nos hemos mirado fugazmente, asintiendo, tranquilos, estás ahí, perfecto, yo estoy aquí, no estamos solos. Una sensación placentera de compañía. Buenas noches, descansa. Como encontrarte en los oscuros y silenciosos y solitarios corredores de una vieja posada…
Esta persona ha escrito una preciosísima novela a la que bautizó con el título de “Los formidables Kalandrian”, publicada el pasado año por la editorial Lengua de Trapo; es toda ella una historia formidable centrada en personajes entrañables y tiernos a los que sólo se puede adorar. Hace unos días ha resultado ganador del II Premio Qué Leer Volkswagen con una novela que llevará por título “Círculos de Tinta” y que la propia revista distribuirá el próximo mes de Mayo.
Su nombre, el del autor, es Jorge Berenguer. Tenía intención de felicitarle por ese premio y por los éxitos que vendrán, no cabe duda. Pero es que acaban de decirme que Jorge, además, celebra hoy su cumpleaños… Existen las casualidades. O al menos debe existir alguien que se encargue de que los momentos y los hechos casen…
Para Jorge, feliz cumpleaños. Para los demás, toda mi gratitud.
“Las almas van y vienen, así que volveremos a encontrarnos”
Jorge Berenguer Barrera
“Los formidables Kalandrian"
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- Fernando Pessoa -
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"Esto de ver cómo cambian las piedras conforme la luz se va o se viene, y conforme es su color, lo aprendí en el vestíbulo de Torres Mochas, hasta ser catador de colores de piedras, viendo cómo la luz resbalaba en las superficies lisas, cómo entraba y se perdía en los huecos, cómo se iba marchando en los atardeceres, columpiaba en el aire, una canción que se aleja, y mientras había durado, aquello fuera una fiesta. Solamente una vez, en la catedral de Palma, asistí a un concierto de luz así, aunque más bello, esto es lo cierto, más bello todavía que el de Torres Mochas (…) Por lo pronto, fue una mañana triste, un dolor me arañaba el corazón, aquellos días reiterado, y yo solía entrar en la catedral y sentarme en alguna penumbra, perderme en ella, no ser más que dolor, y dejarme así envolver por el silencio y por la grandeza y atrevimiento del espacio, que me sacaban finalmente de mí y me llevaban a un estado de paz. Pues una de aquellas mañanas, en que lucía el sol, como era en invierno, estaba bajo, y sus rayos, desde casi el horizonte, pegaban en las vidrieras verticales, y así, viniendo en esa dirección, entraban en el ámbito y golpeaban las piedras de las columnas, que parecían entonces encendidas con fuegos diversos".
Gonzalo Torrente Ballester
“Dafne y ensueños”
Para Pi,
con mis deseos de que algún día se allegue a
contemplar el espéctaculo de esas vidrieras,
sin que dolor alguno le arañe el corazón.
Canción que un amigo me dedicó la pasada noche.
Hace muchos años, en mi pandilla teníamos la costumbre de enviar postales a cierto programa de radio local donde se dedicaban canciones a primeras horas de la mañana. El locutor citaba los nombres de los destinatarios a velocidad de vértigo, anunciaba el título de la canción y pinchaba el disco. Música increíblemente preciosa que escuchábamos al tiempo que nos preparábamos para ir a clase. A veces la canción continuaba sonando cuando salíamos por la puerta de casa… Pero de una u otra forma llevabas la letra y la música en la cabeza y en el corazón. Cantabas calle abajo… Así comenzábamos nuestra andadura cada día. Y era un comienzo precioso, como el recuerdo que he recuperado de un tiempo ya pasado.
Gracias, Iván.